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Escribir para sanarme

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A menudo negamos las emociones que no nos gustan, como la tristeza, la rabia o el rencor. Esas emociones quedan escondidas en algún rincón de nuestro cerebro generando desequilibrio interior. Negar no es lo mismo que eliminar y, ni mucho menos, que gestionar. Al escribir permitiéndonos expresar lo que sentimos logramos que esas emociones salgan al exterior y dejen de hacernos daño silenciosamente. Por eso es importantísimo que escribamos desde la emoción y no desde la razón. Si queremos que nuestro texto (novela, relato, cuento...) llegue al lector y le conmueva, primero tenemos que conmovernos nosotros mismos. Si escribo desde la experiencia puedo conseguirlo con más facilidad. Aquello que yo he sentido o siento resuena en el interior del lector y despierta en él lo que, tal vez, lleva escondido. Logro así tocar esa fibra sensible que le ayuda a sacar a la luz lo que en él se estancó. Si preferimos escribir algo que no hayamos vivido previamente es mejor que nos dejemos llevar...

Textos con alma

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Para que un escrito tenga alma es necesario que la persona se permita abrir el corazón mientras lo escribe. Cuando intentamos escribir desde la mente, recurriendo solo a técnicas aprendidas, a la lógica o controlando cada frase, para que sea gramaticalmente perfecta, nos apartamos de la mayor fuente de inspiración que posee el ser humano. Al igual que un cantante necesita sentir lo que canta para transmitir y que conmueva, un escritor necesita conectar con la emoción para escribir algo que tenga corazón. Sólo podemos hacerlo si nos permitimos sentirlo. Para permitirnos sentir hay que fluir con la historia, sin controlarla a priori. Es decir, que si quiero escribir algo que conmueva debo conmoverme yo primero. El corazón no es sólo un músculo. Es también el centro vital de nuestro organismo. Si el corazón se para, la persona muere. El aliento de la vida está en él. Más allá de la materia, el corazón alberga una información esencial para la persona: su verdad y todo lo ...

Crear con libertad

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Hace mucho tiempo, cuando estudiaba para ser escritora en una prestigiosa escuela de Barcelona, llegué a escribir varias novelas. Para cada una de ellas empleaba un promedio de dos años. Dedicaba todo mi tiempo libre a crear la escaleta de la historia; conocer a fondo a los personajes, antes de empezar a escribir; medir cada palabra que salía de mi inspiración, para lograr que encajase en todo lo que me habían enseñado... Y mientras lo hacía me perdía en un mar de dudas e inseguridad. El bloqueo era frecuente, porque frecuentemente yo cortaba el flujo natural de creatividad que surgía de mí, para controlar que todo estuviese bien, que nada fallase: ortografía, gramática, estilo, verosimilitud... Ni que decir tiene que, por el camino, perdía la ilusión y el entusiasmo. El disfrute, que siempre me proporcionaba escribir, desaparecía.  Cuando mis novelas llegaban a las editoriales, estas, amablemente, me contestaban que no, que no podían publicarlas porque eran técnic...